Nos despertamos. Miramos por la ventana y vemos que llueve. Casi de manera automática activamos nuestra alarma de la queja y sacamos a pasear nuestro mal humor. Se nos quitan las ganas de hacer cosas y nos dejamos invadir por la nostalgia. Sin embargo, si al abrir los ojos vemos que por la ventana asmonan unos rayos de sol, nos llenamos de energía, sonreimos y comenzamos a planificar actividades para hacer en el día.
¿Quién no se siente identificado con estas reacciones? Nuestro estado emocional depende de varios factores internos y externos. A los problemas habituales que condicionan nuestro día a día, hay que sumarle otra variable que influye también en nuestro ánimo: el clima. Lógicamente, a todas las personas no le afectan de la misma manera los cambios de tiempo o estación, algunas son más vulnerables que otras, pero la verdad es que el hecho de que el día sea más o menos gris puede agriarnos o dulcificarnos el carácter.

